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El periodismo estadounidense y la caída de Perón (Revista Life, Julio de 1957)

"HACIA LA RECUPERACIÓN"

Nota Revista Life, julio de 1957. Pág. 64 a 73.

En esta oportunidad les presentamos una nota de la Revista Life en Español de julio de 1957 en donde no solo realizan un balance del gobierno de facto del Aramburu y un recorrido del derrocado gobierno de Perón, sino que se describe como era nuestro país entonces y hasta se aventuran a realizar una radiografía de nuestra idiosincrasia.

La nota tiene un gran valor histórico ya que nos muestra la visón estadounidense del gobierno peronista al que consideraban una dictadura, mientras que a la dictadura de Aramburu la consideraban una revolución hacia la libertad.

Llaman poderosamente la atención la soltura con la que ser habla del bombardeo de plaza de mayo de 1955 y como hechos similares se miden con varas muy distintas. Pese a todo esto hay que decir que la parcialidad con que se escribe la nota no le impide a la revista norteamericana reconocer algunos logros del gobierno peronista.

Sin más los dejo con una nota que es muy interesante para leer mas allá de ideologías o posturas partidarias...

HACIA LA RECUPERACIÓN

SOPLAN las heladas brisas invernales y reina en la Argentina una atmósfera de expectativa. En Buenos Aires la gente anda de prisa por la calle Florida, y en los muelles cascadas de dorado grano (arriba, derecha) llenan las bodegas de los barcos. En las pampas los gauchos arrean el ganado al mercado, mientras en los restaurantes, respetables ciudadanos de apetito estimulado por la frescura del ambiente, anudan la servilleta al cuello y concentran su atención en bistecs tan grandes como el plato y en enormes botellas de vino. En las calles, llamativos carteles políticos cubren las paredes. La Argentina, el país americano en que el totalitarismo hizo su penetración más nefasta, se apresta desde hace meses para realizar su primera elección democrática en muchos años. El 28 del corriente mes los argentinos acudirán a las urnas para elegir una Asamblea Constituyente que introducirá reformas destinadas a limitar las facultades del presidente y a fortalecer las del Congreso, con la esperanza justa de evitar nuevas dictaduras. La elección ha sido convocada por el gobierno provisional de la Argentina, que encabeza el general de división Pedro Aramburu (derecha), sin la demora con que habitualmente proceden en casos semejantes la mayoría de los gobiernos militares de la América Latina. Además, el gobierno de Aramburu ha señalado el 23 de febrero de 1958 como fecha impostergable para la realización de las ansiadas elecciones generales, prohibiendo al mismo tiempo que los miembros de su gobierno provisional, incluso él mismo, se presenten como candidatos. Cuando el presidente, que ahora tiene 54 años, asumió el mando, el país sufría las dolorosas consecuencias de la dictadura de Juan Domingo Perón, que duró más de una década, desquició la economía, dejó una balanza comercial desfavorable y desmoralizó al pueblo. Le tocó pues en suerte a Aramburu hacer frente a una grave crisis económica acentuada por interminables conspiraciones contra su régimen y desalentadoras complicaciones políticas. Pero la serenidad y firmeza que lo caracterizan le han permitido no sólo sostenerse en el poder durante 22 meses sino colocar a su país en el camino de la restauración política y económica.

Naranjas y témpanos de hielo

LA ARGENTINA, país de características físicas de notable variedad (véase el mapa de la página 67), es, en tamaño, el octavo del mundo. Se extiende a lo largo de 3.700 Km., desde la zona septentrional donde se cultiva el naranjo hasta la Tierra del Fuego, bañada por mares salpicados de témpanos, en el confín austral del globo. El corazón del país está formado por las pampas, llanuras de unos 647.000 Km. recubiertas de una capa de humus, de 1 a 3 m. de espesor En la zona andina de los lagos del sur, poblada de bosques, se cazan jabalíes y se practica esquí. Buenos Aires, la capital, con 5.900.000 habitantes, compite ahora con Los Ángeles por el tercer lugar entre las más grandes ciudades de este hemisferio, después de Nueva York y de Chicago. No faltan en la Argentina quienes se jacten de que el país es "el único de población completamente blanca al sur de Canadá". Hace un siglo tenía apenas un millón de habitantes, en su mayoría gauchos indohispanos. Luego llegaron olas de inmigrantes. Uno de sus próceres, ensayista y político, Juan Bautista Alberdi, definió brevemente la política seguida al respecto: "Gobernar es poblar." Llegaron italianos, españoles, alemanes, franceses, irlandeses, armenios y un influyente grupo de británicos. Más tarde se restringió la inmigración, pero el país estaba ya formado. Este año su población sobrepasará los 20 millones. Los británicos llevaron ferrocarriles, alambres de púas, ganado de raza, insecticidas, el POLO, el té de las 5 de la tarde, las compañías de seguro y el fútbol (uno de los clubs argentinos se llama todavía Newell s Old Boys). El elemento latino europeo, que se mezcló en Argentina, dio a la nación un impresionante sentido de la dignidad y una especie de melancolía nacional. Pero, como para atemperar estas dos características, surgió en el pueblo al mismo tiempo una subrepticia admiración por el "vivo", el individuo astuto que sabe siempre como comprar a bajo precio, eludir la ley, engañar y sobornar.

Hacia la tiranía

EJEMPLAR acabado del vivo fue el tirano que llegó a dominar a la opulenta nación argentina y a su satisfecho, instruido y altivo pueblo, cuando promediaba la Segunda Guerra Mundial. En 1943 el coronel Juan Domingo Perón se hizo designar ministro de Trabajo de un gobierno militar llegado al poder por un cuartelazo y que había cambiado tres presidentes en el curso de un año. Imponiendo alzas de salario para el obrero industrial—hasta entonces olvidado—logró formar un vocinglero grupo de partidarios, suficientemente fuerte corno para desafiar a toda la clase rica y poderosa que él calificó de "oligárquica". El gobierno de que Perón formaba parte, y en el que era una figura de gran influencia, conquistó el apoyo del clero católico estableciendo la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas públicas. Y, finalmente, Perón llegó a la presidencia de la república con las elecciones de 1946, limpias en su forma, pero precedidas por un período en el que el país estuvo bajo el estado de sitio y la dictadura monopolizó prácticamente los medios de propaganda. Ya en el poder, Perón organizó a sus "descamisados" (término empleado en forma despectiva por un diario antíperonista y adoptado por Perón como arma política) en la poderosa Confederación General del Trabajo (C.G.T.) y otorgó aumentos de salarios con la generosidad de un gaucho en día de fiesta. Corno dice hoy el presidente Aramburu, Perón hizo creer al obrero que "la suprema conquista social es la holganza bien pagada". Conservó el apoyo de las fuerzas armadas colmando de mercedes a algunos de sus hombres claves y dándoles armas, prebendas y privilegios. Con gran disgusto de la opulenta y culta oposición, puso las obras oficiales de beneficencia en manos de su esposa, Eva Duarte, ambiciosa y astuta ex actriz de radio. Evita convirtió estas actividades en un negocio que manejaba 100 millones de dólares al año, y repartió los pesos a manos llenas haciendo el papel de gran dama compasiva con los pobres. Fuertemente respaldado, Perón arrasó la democracia argentina. Convirtió al Congreso en una máquina de aprobar leyes peronistas e hizo enjuiciar y condenar a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, tribunal que se le oponía al mantener su línea jurídica tradicional. En una Constitución reformada en nombre de la llamada "justicia social", legalizó para beneficio propio la reelección presidencial y otorgó al Estado amplias facultades para "intervenir en la economía". Inundó el país con Carteles de propaganda que decían: "Perón cumple, Evita dignifica”. Con oprobioso cinismo confiscó La Prensa de Buenos Aires, diario que figuraba hacía muchos años entre los primeros del mundo, y lo convirtió en órgano de la C.G.T. En un alarde de ingeniosa bufonería, se burlaba de su propia carrera comparándose “con el hombre que mientras caía de lo alto de un rascacielos se dijo al pasar frente a la ventana del tercer piso: hasta ahora voy bien". La forma en que Perón manejó la economía nacional constituye un clásico ejemplo de las chapucerías propias del dictador sabelotodo. Sus objetivos fueron la industrialización y la autarquía de tipo nacionalista, y como principal instrumento para alcanzarlos creó el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (I.A.P.I.), organización estatal destinada a dirigir el comercio internacional del país. Manipulando diferentes tipos de cambio, el I.A.P.I. compraba de los agricultores y ganaderos cereales y carne a bajo precio y los vendía en el exterior al mejor precio del mercado libre. En el mundo de la posguerra, asediado por el hambre, el I.A.P.I obtuvo al principio pingües ganancias que utilizó para adquirir maquinaria industrial—mucha de ella inadecuada—y materia prima en el extranjero y venderlas a los industriales. La industria—subvencionada y protegida con tarifas aduaneras—ineficaz, pero industria al fin, creció hasta un 63% entre 1943 y 1956.

Aumento de la producción

La Argentina empezó a producir o aumentó la fabricación de substancias químicas, conservas, pintura, papel, máquinas herramientas, motocicletas, neumáticos, ci-garrillos, plásticos, madera terciada, instrumentos quirúrgicos, muebles de acero, motores, fósforos, cemento, acumuladores, refrigeradoras y receptores de televisión. La producción industrial acabó por sobrepasar a la agropecuaria. Pero a medida que los campos de cultivo de Europa devastados por la guerra empezaron a producir de nuevo, bajaron los precios en el mercado mundial y los ingresos del I.A.P.I. Perón tuvo que echar mano de las reservas de oro y divisas extranjeras—fabulosa suma de 1.600 millones de dólares acumulada durante la guerra—para pagar las materias primas que devoraba la industria en expansión. A continuación puso en marcha las prensas del Banco Central para imprimir billetes. Sobrevino el desastre:

• 3.650.000 hectáreas de tierras cultivables dejaron de producir.

• La circulación fiduciaria aumentó ocho veces y el costo de vida se sextuplicó.

• La productividad disminuyó y el producto nacional bruto se mantuvo estacionario casi durante 10 años.

• El peculado produjo una copiosa merma en la economía.

• El decantado plan de industrialización omitió crear la industria pesada básica y producir la energía eléctrica necesaria para operar. La escasez de electricidad disminuyó la producción, arruinó el equipo y dejó a Buenos Aires a media luz. En cuanto al petróleo, Perón concentró la tarea de explotarlo en Yacimientos Petrolíferos Fiscales (Y.P.F.), entidad gubernamental ya existente, que no logró aumentar la producción para satisfacer las crecientes necesidades del país. Así, mientras hace 10 años abastecía el 75% del consumo en la actualidad sólo cubre el 35% del mismo.

El dictador comprendió que su descabellado plan de desarrollo industrial carecía de dos elementos esenciales de la productividad: trabajo eficiente e inversión de capital. Apeló a la C.G.T., pero los obreros se habían habituado ya a su lecho de rosas y no tenían el menor deseo de abandonarlo. En busca de inversiones, suscribió un contrato con la Standard Oil de California para explorar y explotar un área de 50.000 Km2 en la Patagonia. Como negociaba con el arbitrario Perón, la empresa insistió en estipular que las disputas de difícil solución que surgieran entre la Argentina y la compañía serían sometidas al fallo del Instituto Norteamericano del Petróleo. Hasta los peronistas más leales protestaron ante esta cláusula. En ese entonces Perón también atacó furiosa e insensatamente al clero católico. Abolió la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y sus matones incendiaron nueve de las principales iglesias de Buenos Aires. El fin del dictador se aproximaba.

Acentuado el severo gesto de desaprobación característico de su fisonomía, Pedro Aramburu observaba la decadencia política y económica de su país. En 1950, Aramburu, entonces coronel, y otros militares iniciaron la conspiración que finalmente derrocó a Perón. En el curso de los años, los conjurados lograron la adhesión de jefes y oficiales de otras ramas de las fuerzas armadas. Asestaron el primer golpe contra la dictadura el 16 de junio de 1955. Como parte de un movimiento más vasto que no cuajó, aviones de la Fuerza Aérea y de la Marina de Guerra bombardearon la Casa Rosada—el palacio presidencial—matando a 360 personas pero no a Perón, quien había huido, minutos antes, a refugiarse en el vecino edificio del Ministerio de Guerra.

El golpe siguiente, tres meses más tarde, fue aún menos afortunado desde el punto de vista militar. Los revolucionarios, al mando del general Eduardo Lonardi, tomaron la ciudad de Córdoba, en el centro del país, pero el general Aramburu, que trataba de sublevar a la guarnición de Curuzú Cuatiá en la provincia de Corrientes, tuvo que huir a pie frente a la resistencia de las fuerzas leales a Perón. Después de tres días de lucha, el Estado Mayor General peronista llegó a la conclusión, al parecer acertada, de que podría sofocar la revolución, y probablemente lo hubiera logrado a no ser por la decisión de un contraalmirante rebelde, Isaac Rojas, director de la Escuela Naval y jefe del levantamiento en la base naval de Río Santiago, quien navegaba en esos momentos hacia la capital en el crucero General Belgrano, al frente de la escuadra. La fama de hombre combativo de Rojas se le había adelantado. "Maldición— exclamó Perón— éste es muy capaz de tirar", y precipitadamente buscó asilo en la embajada del Paraguay. Aramburu afirma ahora: "Nunca imaginamos que Perón fuera tan cobarde. Si se hubiera mantenido firme, la revolución habría sido vencida."

Los acontecimientos determinaron que los héroes principales del levantamiento, Lonardi y Rojas, ocuparan, respectivamente., los cargos de presidente y vicepresidente de la república. Cono la revolución no tenía otros planes ni objetivos que liberar al país del del yugo peronista, las fuerzas políticas de derecha, centro e izquierda aprovecharon la oportunidad para maniobrar activamente durante los días que siguieron a la victoria. La extrema derecha no tardó en dominar a Lonardi y convencerlo de que transigiera con los peronistas en miras de aglutinados en un partido político derechista. Lonardi se negó así a desposeer a la C.G.T. de La Prensa para restituirla a sus legítimos dueños, ante el creciente desaliento de los demás jefes insurrectos. Un domingo por la tarde, dos meses después de que Lonardi asumiera el mando, los revolucionarios lo separaron de su cargo sin violencia y lo reemplazaron por Aramburu quien, como jefe del Estado Mayor General del Ejército, se dedicaba a desperonizar el cuerpo de oficiales en forma eficaz. El presidente Aramburu no volvió a ver a su compañero de conspiración. Lonardi murió cuatro meses más tarde de cáncer, enfermedad que había empezado ya a minar su organismo antes de que fuera depuesto.

Aramburu y Rojas enderezaron el rumbo que había empezado a desviarse hacia la derecha, y se dedicaron a trabajar. El gobierno restableció la vigencia de la Constitución democrática que, antes de ser viciada por Perón, había regido la vida institucional de la Argentina desde 1853. El nombre del dictador, borrado de la vista del público, quedó sólo en algunas inscripciones hechas por sus partidarios en las aceras y en el epitafio de la tumba de su padre. Se envió una expedición al Aconcagua, uno de los picos más altos del hemisferio (7000 m.), para derribar un busto del dictador. Un grupo de empleados eliminó de la guía telefónica de Buenos Aires miles de referencias en las que aparecía el nombre del tirano pero descubrió recientemente que había pasado por alto al “Comité Pro-Premio Nobel de la Paz General Perón”.

Los libertadores restablecieron las libertades de prensa y palabra, y el diario La Prensa, devuelto a sus propietarios, reapareció como periódico independiente. El nuevo gobierno restauró la autoridad de los tribunales de justicia, designó jueces honestos y capaces, organizó elecciones libres dentro de los sindicatos obreros y eliminó en su mayor parte la corrupción administrativa.

Por otra parte, Aramburu ha reprimido con mano recia toda oposición violenta del peronismo recalcitrante. Hace poco más de un año cuando el general peronista Juan José Valle—su compañero de curso en el Colegio Militar—encabezó un movimiento contra-rrevolucionario, el presidente, llenos los ojos de lágrimas, firmó la orden de fusilamiento del rebelde.

Sin perder tiempo, los jefes militares que derrocaron a Perón buscaron el asesoramiento del economista Dr. Raúl Prebisch, gerente general del Banco Central de la República Argentina antes de Perón y actual secretario ejecutivo de la Comisión Económica para la América Latina de la O.N.U. Sin demora suprimieron el I.A.P.I. y devaluaron el peso. Los agricultores y ganaderos pudieron retener de nuevo, con ciertas limitaciones, el valor de sus productos de exportación, con substanciosos ingresos. Aumentaron vertiginosamente las siembras y la cría de ganado. La población ganadera subió de un mínimo de 40 a 49 millones de cabezas (dos reses y media por habitante, contra media en los EE.UU.). La última cosecha de trigo ha sido un 36% mayor que la del año pasado. El incremento de las exportaciones ha dado a la Argentina 944 millones de dólares en 1956, contra 928 millones en el último año del régimen dictatorial de Perón.

Para restringir la adquisición de artículos suntuarios extranjeros, el nuevo gobierno ha limitado las importaciones principalmente a artículos esenciales, como materia prima para la industria que no puede paralizarse. A pesar de este plan de austeridad, las importaciones superaron en 184 millones de dólares a las exportaciones en 1956. No quedó así un centavo disponible para desarrollar la explotación del petróleo y la producción de energía eléctrica, empresas que los capitales extranjeros, si son bien recibidos, se muestran inclinados a emprender. Pero Aramburu, que no es insensible al cálido aliento de un orgulloso nacionalismo, no les ha abierto las puertas. La American & Foreign Power Co., empresa norteamericana con un capital de 500 millones de dólares, ofreció invertir 145 millones y duplicar la energía eléctrica de que dispone Buenos Aires, pero el gobierno argentino no aceptó la oferta. Sin gran exageración, un perito en la materia predijo que "en 1960 habrá que andar con una vela por las calles de Buenos Aires".

La estadística jamás ha contradicho más categóricamente al sentimentalismo como en el caso del petróleo. La Argentina tiene reservas calculadas en 882 millones de barriles, y sin embargo el año pasado gastó 220 millones de dólares, suma mayor que la del déficit de su balanza comercial, para importar petróleo de Venezuela y otros países. La crisis de Suez costó a la Argentina nada menos que 100 millones de dólares debido al alza de los precios del petróleo crudo y los fletes. Compañías extranjeras extraerían el petróleo argentino o invertirían millones de dólares en el país tratando de obtenerlo. Pero el nacionalismo con su lema "el petróleo es nuestro", ha encargado la explotación petrolífera a Y.P.F., entidad meritoria pero burocrática y con escaso capital. El presidente Aramburu no quiere ser un autócrata ni tiene libertad para serlo. Encabeza una junta militar que incluye al contraalmirante Rojas y los ministros de Guerra, Marina y Aviación. La junta toma decisiones por mayoría de votos (hasta las elecciones no hay Congreso). Aramburu preside las deliberaciones y dirime los empates. Cualquier miembro de la junta, si se empeña, puede vetar una resolución. Y si la junta le retirara su confianza a Aramburu, éste renunciaría inmediatamente. Al comienzo muchos argentinos suponían que el contraalmirante Rojas era el hombre fuerte—cerebro y nervio del nuevo gobierno—que respaldaba a Aramburu. Desde entonces el presidente ha demostrado poseer suficiente autoridad y capacidad directiva, y Rojas ha probado su intención de continuar siendo su subordinado leal. Una razón para ello es que ambos jefes son amigos y están consagrados a los mismos ideales. Otra, que el Ejército (100.000 hombres) y la Fuerza Aérea (20.000) podrían inquietarse si un jefe de la Armada (20.000) fuera presidente. "Entre el contraalmirante Rojas y yo, dice Aramburu, existe una gran comprensión. El está siempre a mí lado ayudándome; y yo lo consulto sobre todas las decisiones."

Severidad y frugalidad

El presidente provisional de la Argentina es serio, tímido, a veces sombrío, severo y de pocas palabras. Militar profesional graduado en el Colegio Militar del país, de estilo prusiano, no pertenece a la clase de generales a quienes Perón corrompía con dádivas, y lleva una vida frugal y sencilla. "No me gustan las reuniones sociales—dice—nunca me gustaron. Soy de esos hombres que no tienen miedo de quedarse solos." Su único pasatiempo, momentáneamente abandonado, es el de asistir con su esposa, Sara, a subastas de artículos para el hogar, aunque nunca contó con dinero suficiente para hacer grandes ofertas. Los Aramburu tienen dos hijos ya crecidos, Sara Elena y Eugenio Carlos. El presidente actual no perteneció a partido político alguno y se califica de "hombre de centro".

El agitado fárrago de la política lo aburre. Cierta vez, en medio de una reunión de gabinete particularmente tediosa, se excusó diciendo que debía atender "un asunto urgente”. Salió por una puerta lateral de la Casa Rosada, llamó un taxi, fue a una confitería y tomó tranquilamente un helado. Regresó también en taxi y se reincorporó a la sesión. Se siente más a gusto en las reuniones de la junta. Aramburu saluda sin protocolo a sus altos consejeros militares. "¿Cómo le va, Rojas? Buenas tardes, almirante. General, ¿cómo está Ud.?" Ellos lo llaman señor presidente. Bromas y charla amena preceden siempre a las tareas del gobierno.

Desde lejos molesta a menudo a la junta el exilado Juan Perón. El ex dictador salió de la Argentina con la reputación bastante dañada. El contrato con la Standard Oil de California fue usado como arma eficaz contra él, ha huido ante el enemigo. Se supo también que después de la muerte de Evita y a pesar de sus 61 años, Perón había convertido en su amante a una adolescente. (Los argentinos cuentan que alguien le preguntó a Perón "¿Sabía Ud. que esa chica tenía sólo 13 años?" A lo que él respondió: "Sí, pero no soy supersticioso.”) Después de su caída se supo también que el tirano tenía pasión por la vida sibarítica, los teléfonos dorados y los dormitorios recubiertos de espejos. Según el 'cálculo del economista argentino Rodolfo Katz, el botín de Perón llegó a los 500 millones de dólares.

Pero para los peronistas, robar, ser mujeriego y poner los pies en polvorosa no son sino muestras de la calidad de vida de su caudillo. Los descamisados, olvidando crímenes y flaquezas, recuerdan en cambio los aumentos de salarios y las garantías del trabajo ordenados por decreto. Ahora, desde Venezuela (Donde a fines de mayo su automóvil fue destruido por las llamas al estallar misteriosamente una bomba, cinco minutos antes del-momento en que Perón debía subir al vehículo.), Perón dirige campañas clandestinas de sabotaje y propaganda, y los peronistas entre tanto escriben en las paredes de las ciudades argentinas:

Ladrón o no ladrón,

¡querernos a Perón!

Atendido por un ex mayor del Ejército y un chofer-criado, Perón vive en un cómodo departamento de Caracas por un alquiler mensual .de 195 dólares. En la pared, el retrato de su difunta esposa Evita enfrenta una instantánea en colores de la más reciente amiga del dictador, Isabel Martínez, bailarina argentina a quien conoció en un cafetín de Panamá. En el dormitorio tiene una cama de las llamadas matrimoniales cubierta por una suntuosa colcha roja, y en otra habitación un escritorio de acero con sillón giratorio. Mantiene una nutrida correspondencia que envía a la Argentina por mensajeros. "Tengo un: servicio diplomático mejor que el del gobierno argentino", dice. bromeando.

Problemas de Aramburu

El dinero de Perón, su propaganda y las conspiraciones de sus acérrimos partidarios, constituyen un perenne problema para Aramburu. Pero, paradójicamente, algunos impulsivos y ambiciosos subalternos que hicieron la revolución con d presidente plantean un problema casi tan grave como los enemigos. En el curso de los últimos meses Aramburu ha tenido que poner orden en las tres ramas de las fuerzas armadas, y hace unas semanas tuvo que resolver un conflicto en el seno del Ejército, arrestando o cambiando de destino a media docena de oficiales que lucharon con él contra Perón. El futuro está preñado de iguales tormentas.

Las elecciones para la Asamblea Constituyente que se realizarán este mes son, sin duda, un peligroso y reñido preliminar de la prueba electoral de febrero de 1958. Una vez que la Asamblea empiece a deliberar, podría perder el sentido del equilibrio y proclamarse soberana, tratar de redactar una constitución totalmente nueva, o prolongar sus debates y obstaculizar las elecciones generales. Aramburu puede hasta verse obligado a poner fin a las sesiones de la Asamblea. Pero si ésta cumple satisfactoriamente su cometido, el régimen que derrocó al peronismo deberá cumplir la tarea de entregar el gobierno, reformado y desinfectado, al que resulte vencedor. El peligro evidente consiste en la posibilidad de que la mayoría elija un gobierno tan parecido al peronista que se llegue a frustrar el principal objetivo de la revolución. Para evitar el triunfo de algún neoperonista, Aramburu aplica a los ex altos funcionarios de la dictadura la misma prohibición de presentar su candidatura que a los de su régimen. También hizo quemar los registros del Partido Peronista (en parte para hacer tabla rasa del pasado). Pero el gobierno no puede impedir que los peronistas voten y nadie lo sabe mejor que el Dr. Arturo Frondizi, el candidato que hoy cuenta, al parecer, con más probabilidades de triunfo.

Frondizi es jefe de la fracción más grande del Partido Radical, formado por la clase media urbana que solía competir con los terratenientes del Partido Demócrata, de tendencias conservadoras, antes que Perón tomara el poder. Frondizi, integrante del pequeño grupo de diputados que combatió el dictador en el Congreso al final de la década de 1940, se adueñó de la maquinaria política radical después de la revolución y logró ser designado candidato a la presidencia. A los ex peronístas, cuyo número quizás llegue a 4.500.000, Frondizi les habla en un tono que sin duda complacerá a los descontentos: todo está mal y otro tiene la culpa de ello. En privado asegura a los críticos que lo observan con alarma, que tendrá la cordura de situarse en el centro.

Algunos militares son partidarios de anular las elecciones si triunfa Frondizi, y de deponer a Aramburu sí éste no logra frustrar esa victoria. Los amigos del presidente dicen que el deplora la demagogia de Frondizi y teme las consecuencias que puede tener para la Argentina. Pero Aramburu se enorgullece de los ataques del jefe del radicalismo intransigente, a los que considera la mejor prueba de que el pueblo sabe que el presidente no tratará de perpetuarse en el poder, y declara: "Creemos que debe haber un gran debate nacional en el cual todas las ideas puedan ser libremente expresadas", y añade: "El día en que yo entregue el poder a un gobierno democráticamente elegido será el más feliz de mi vida."

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